“NO HAY CAMINO PARA LA PAZ, LA PAZ ES EL CAMINO”.

Mahatma Gandhi
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lunes, 6 de octubre de 2014

HECHOS DE MAR


Al posar tus pasos en la arena, una terapia múltiple se pone en funcionamiento. Un cielo increíblemente azul, sobre la superficie del mar que lo refleja, dona la intensidad de sus profundidades emergiendo a la superficie la extensión de sus brazos queriendo atraer al adorado cielo, siempre juntos, siempre sutilmente definidos, esto si es verano y luce el sol en las alturas cósmicas; en invierno, el paisaje se transforma en una fusión de azules intensos y grises tormentosos, furiosos al encuentro apasionado de su espejo terreno.

En estas latitudes últimamente el verano perezoso se ha instalado más que de costumbre, dándole un respiro al relevo del otoño y, mientras uno asoma tímido su tez de mil colores en las copas de los árboles, el otro se enseñorea complaciente a la luz de mis ojos que también se resisten a esta despedida, he disfrutado de la prorroga como nunca antes, me he deleitado con el agua lamiendo la orilla dulce y calmada. Los brillos oblicuos del sol han craquelado la superficie del agua sobre la arena, mostrándome en inaprensibles instantes, los pedazos de cielo a modo de perfecto rompecabezas.

Las olas del mar tienen un ritmo tan cadencioso que se te meten en lo profundo de la materia revelando al pecho como excelente resonador de océanos inmensos, éstos pugnan por dejar aflorar sus aguas más ignotas a la superficie, a la luz, a la propia comprensión de uno mismo, con el mar, el cielo, el sol, el Todo.

 De nuevo se me ha colado dentro la sal del mar, no me había dado cuenta cuánto la echaba de menos. Eso pasa por estar en otras cosas y no dedicarse al gusto, a la complacencia del alma. Cuando respiras la sal, el yodo del mar, te sanas, limpias la mente, la emoción, el físico, de tantos líos que nos quieren hacer creer que son importantísimos. Necesitamos el mar para regresar a la casa interior de la que surgimos.

Hoy he vuelto a la orilla y el paisaje veraniego se ha despedido de mí, cariñosamente firme, me ha dicho alto y claro: vas a tener que replantearte el atuendo de fuera y de dentro, vamos a comenzar la transformación estacional de los mil tonos de gris, azul y cobalto. El agua rugía con cierto descaro, cercano, con un ímpetu de comedida amenaza me acompañaba paralelamente recordándome, estoy muy cerca y no debes perderme de vista. Mientras el cielo se iba tornando algo brujeril he divisado una lengua de mar que avanzaba rodeándome, limitándome el paso si osaba ir más allá de lo sensato. Creo haber comprendido, he de volver sobre mis pasos, si quiero salir de tal atrevimiento, indemne. Entonces se ha abierto un velado claro en el cielo sobre mi cabeza, la arena ha vuelto a brillar y la espuma blanca de las olas sonoras han tocado una marcha en nuestro común honor.


Somos libres, somos eternamente cómplices de la vida y su aventura, si nos prestamos la atención debida, nada nos ha de faltar.
            

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